Nuestro taller de escritura entroniza la práctica concreta de descubrirnos y compartirnos como escritores. Este blog, efecto secundario de ese compartir, construido casi sin querer, es la sombra de nuestros encuentros.

viernes, 23 de marzo de 2012

Nunca Más

En el ejercicio de las letras, antes o después tenemos que enfrentarnos a los fantasmas, que abandonaron su refugio en el ropero, instalándose en el dolor, el miedo o la memoria. En nuestro espacio, el horror a las dictaduras totalitarias fue tempranamente ventilado. Nuestras escritoras se liberan a sí mismas, librando, también, para todos los compañeros.


JULIANA


¿Por que lo vinieron a buscar?, se pregunta Juliana más de treinta años después. Mi padre era un gran hombre, no hacía nada malo, más que ir de reunión en reunión. De qué se trataban esas reuniones lo entendí con el tiempo, con la vida y el dolor. Esas reuniones no eran motivo para que esos hombres vestidos de negro vinieran aquella madrugada de julio y sin previo aviso, lo levantaran a los golpes y lo metieran en un auto. Recuerdo esa última noche que habíamos compartido juntos, me contó esos hermosos cuentos que él inventaba de la nada, me arropó y me dijo: Dormí bien que mañana te llevo a la plaza, hoy todavía sigo esperando que amanezca para ir a la plaza con papá.

Esos hombres tan nefastos se llevaron a mi padre, y a veces siento que sigo escondida en la piecita del fondo con mamá, esa piecita en la que muchas veces los escuché hablar. Mamá murió esperando saber la verdad y yo sigo viviendo con el dolor de los años sin mi padre, pero tratando de continuar sus pasos, porque ésa es la única manera de lidiar con mi tristeza: seguir combatiendo contra los enemigos del pueblo, que hoy tienen como arma la palabra mal usada.

Haydée Trinidad




DEL LADO DE LOS BUENOS

Sabemos que no debemos nombrarlo. Sabemos que debemos seguir adelante sin sentirlo. Estamos del lado de los buenos y sin embargo, no sé por qué, siento que... Pero por algo está ahí tirado, por algo, ni siquiera protesta.

Hay veces en las que quisiera ser él: echado en el piso, sin sentido, teniendo en la mente esa valiosa información... ¿Por qué no se salva?, ¿por qué sigue pudriéndose en esa humedad? Si hablara, por lo menos dejaría de sufrir, acabaríamos con su sufrimiento. Siento vergüenza al pensar que tal vez lo admiro. Admiro su fortaleza y su lealtad. ¡Pero a mí me dicen que no piense, que oculte este sentimiento! Si sigo con ésto, miraré hacia atrás y entonces..

No entiendo qué hago acá, lavándole las heridas, dándole agua, sentándome a su lado, consolándolo. No debo, no puedo. Fueron tan claros los superiores, no debo sentir, no debo ver en el otro un igual, pero lo es, ¿y por qué me está contando todo ésto?  ¿Por qué no puedo dejar de oírlo?

Por lo menos ahora somos dos. Pronto el reo se irá, o eso le dicen. Aunque sé lo que le sucederá. No quiero opacar sus ilusiones.  Pronto me quedaré solo, en esta humedad fría, en esta oscuridad, en esta soledad silenciosa interrumpida por la risa socarrona de mis ex compañeros. Casi no me miran, sé que no tienen permitido sentir por mí lo que ahora es mío, mi única posesión.  Ahora soy un hombre completo, ahora sé por qué vale la pena estar desnudo en esta pocilga mugrienta.  Soy yo mismo  y espero el final con entereza.

Emilce Martínez

El cobrador

Vale aclarar, para evitar incómodas acusaciones de plagio, que el fragmento "Al abrir la puerta de la gerencia, encristalada de vidrios japoneses, quiso retroceder; comprendió que estaba perdido, pero ya era tarde",  fue el disparador creativo utilizado para el ejercicio en el que fue concebido este cuento. Y es,  con el agregado del nombre Erdosain, el comienzo de la novela Los siete locos, de Roberto Arlt.






EL COBRADOR

A Roberto Arlt

Difícil tarea la del cobrador. Su cara era la cara menos deseada de ver de toda la empresa. Había otra más interesante, más estelar, más visible: la de los vendedores. Ellos sí se llevaban todos los logros. Una libreta de anotaciones, una lapicera, una sonrisa llena de dientes y a vender ilusiones, promesas de ganancias, asegurar con la mayor convicción o caradurez que si compraban tal cantidad de tal producto el éxito estaba a la vuelta de la esquina. Él era la contraparte, el revés de la trama, la cara de las malas noticias. Era el cobrador, el tipo indeseado que pasa a llevarse lo que supone estaba para ganar.


Estaba harto de poner cara de perro para recibir sólo reclamos, excusas o puteadas. Y nada de reconocimiento. Al final del día siempre lo mismo. Las piernas cansadas, la garganta seca, el rictus serio pegado a los gestos, y siempre el mismo sueldo pobre, básico, pelado, corto, sin las atractivas comisiones que se llevaban las estrellas de siempre: los vendedores.


Así que no lo pensó más. Imaginó este modus operandi De modo sigiloso, sin excesos, de manera selectiva y en silencio, se guardaría entre un quince y un veinte por ciento de las cobranzas semanales para formar una caja personal que le permitiera reforzar sus ingresos. Si lo hacía de manera prolija, pedaleando y dibujando las rendiciones, podía darse algunos lujos prohibidos: alguna ropa lujosa, alguna chica cara, alguna salida impensada.


Mientras todo se mantuvo en esos parámetros –duró meses el engaño- nadie se percató de la aceitada bicicleta financiera de nuestro cobrador. Si alguien le reclamaba un pago atrasado, regularizaba los más viejos y seguía adelante. Nada podía ser más fácil. Hasta que dejó de serlo.


De golpe la caja personal se desbocó, él mismo había perdido la cuenta de las cobranzas de algunos clientes y el Departamento de Legales empezó a acercarse peligrosamente hasta su puerta. En ese momento su tan prolijo plan comenzó a resquebrajarse.


Cuando la abogada de la Cía. lo esperó en la puerta de su oficina invitándolo a pasar a la sala del Directorio para una reunión, lo comprendió todo. Acelerado, se abrió paso entre los empleados. Al abrir la puerta de la gerencia, encristalada de vidrios japoneses, quiso retroceder; comprendió que estaba perdido, pero ya era tarde. Con el puño derecho todavía ensangrentado por los fragmentos de cristales destrozados, sólo atinó a gritar: “Que no se entere mi familia”.


Los empleados de seguridad ya corrían por los pasillos cachiporras en mano.

Sergio San Juan

Perder el tiempo


PERDER EL TIEMPO


¡¡¡Qué ganas tenés de perder el tiempo!!!
Si supieras que querés, en realidad tratarías de hacerlo. Pero no, estás sentado ahí, frente a esto, que seguramente no te va a decir nada. Sin otro motivo que la espera de algo que quizá nunca llegue.
Yo tampoco te voy a contar nada.
Por lo que puedo imaginar te carcome lo suficiente la paciencia como para esperar lo inesperado.
Si sos cauto, cortés y considerado, me animo y te lo cuento.

…El otro día, sin saberlo, me paso algo muy extraño.
Eran como las cuatro de la tarde, me encontraba caminando por las calles del centro de Montevideo, y ante la persistente terquedad de mi boca de no emitir sonidos, mi cabeza pensaba a los gritos. Pensaba, cuándo fue la última vez que alguien me devolvió un saludo, un … pase ustedseñora, suba usted primerobuen día, o simplemente: holaaa. Lo malo es que no tenía recuerdos cercanos de ningún tipo que me contestasen a tal duda.
Ni siquiera la gente mayor devuelve “amabilidades”, se olvidaron de las buenas costumbres, quizá por los años de malos tratos vividos o por cómo se los ignora a diario.
La cuestión es que el último registro que me viene a la memoria es, apenas, un ¡¡¡mmhh!!! del señor que limpia los baños en el Café Tortoni, cuando fui a ver a Dolina en el 2005, luego de agradecerle el papel higiénico que me dio, para borrar las secuelas de los morrones de la pizza especial que nos comimos en Dippapo D’Oro frente al obelisco, antes de ir al Tortoni.
Pero ocurrió lo inesperado; con 32 grados a la sombra, las calles de Ciudad Vieja, en Montevideo, se derretían cual pan de manteca a baño maría. Y apareció ella. Cuarenta y tantos, vestido traslúcido blanco, cabellos rubios (teñidos) y de cada mano un gurí, dos varoncitos de entre 3 y 5 añitos.
Ella venía, yo iba, y un jeep destartalado estacionado en la vereda se interponía entre nosotros. Llegamos casi al mismo tiempo, al jeep digo. Con cara de suspenso me miró, y por telepatía llegue a escuchar que me decía: “¿qué hago?", y le respondí con voz firme y varonil: “adelante”, quedándome inmóvil para que pase ella con los gurises.
Cómo disfrute de la enorme sonrisa que se le dibujó en el rostro. Al mismo tiempo me respondió con un “muchas gracias”.
Lo mío siguió con un: “de nada, que pase bien”.
Con un esfuerzo enorme evite darme vuelta, pero la carne es débil, y entonces, al verla irse con su traslucido andar que sugería más de lo que mostraba pensaba que todo hubiera sido diferente si…
“Que los parió”, esperame un cachito, después te cuento, un ratito esperame, ya vengo…
¡¡¡Para que comí pizza especial de nuevo!!!

Carlos Fernández

sábado, 17 de marzo de 2012

Los primeros microcuentos


Luego de algunos ejercicios, los participantes del taller se le animaron a los pequeños cuentos. Acaso inspirados en el éxito del dinosaurio de Monterroso o animados por emular a Ana María Shua, comenzó la danza de biromes, tablets y notebooks.
Crearlos fue divertido, lúdico, a veces áspero. En todo caso, el espacio creativo fue preparado para ejercer libremente la expresión. Pero si bien nos introducimos en una suerte de eternidad al escribir, de este lado de la hoja, el tiempo circula inexorablemente y todo parece micro. Sea cuento, ensayo o poesía.
Vamos a ir develando sinceramente los pasos, temerosos o no. La literatura puede ser hipócrita, la escritura nos muestra siempre en carne viva.


I

Acostada en su cama, mira y vuelve a mirar esa entrada para el recital de su vida. Y piensa que de la única forma en que se animará a entrar, será introduciéndose en el grupo de los que no tienen boletos y dejar que la multitud la arrastre.

Haydée Trinidad

II

Don José siente que la Muerte lo persigue: la ve salir del espejo todas las noches, llamándolo con sus blancas manos. Los gritos despiertan a la familia que tapa el espejo maldito.
Como ésto no es suficiente, pues la Muerte se las arregla para quitar el manto, el hombre es llevado por sus abnegados hijos al médico, que lo deriva a un psiquiatra, que le receta pastillas para las alucinaciones, que finalmente cesan.
Días después, Don José es llevado en brazos de la Muerte, sin ver que es ella quien lo guía.

Emilce Martínez

III

La foto esta ahí, como testigo de un tiempo que ya pasó. La cómoda es la misma, siempre limpia y con la punta del vidrio roto por un golpe que ya no recuerdo. El espejo me devuelve indiferente una imagen tan distinta a la que refleja la fotografía, que algunas veces me deprimo.
Pero como todos los días me prometo hacer algo por mí , como caminar para mejorar mis problemas de hipertensión , comer menos para bajar de peso, entre otras cosas; la dejo, como dejo el pantalón de hace diez años que cada tanto me pruebo para ver si me va.
La foto es simple, estoy apoyado en la baranda de una lancha de pasajeros del Delta del Tigre, sonriendo casi imperceptible y con la desfachatez y el aire de superioridad de mis 20 años . La encontré en una caja llena de otras tantas fotos donde no me veía tan agraciado, y la puse debajo del vidrio de la cómoda de la habitación de mi madre." ¡Qué bien que estás acá!", me dijo , y ahí quedó y supongo que ahí quedará , mirándome y mirándola , hasta que tal vez un día vuelva a la caja de donde la saqué por pura jactancia y la coloque en el altillo justo al lado el espejo.

Gustavo Faranna